domingo, 15 de noviembre de 2015

Dedicado a la hinchada

En el hockey, no todo es habilidad, resistencia y velocidad. Las emociones también juegan un papel fundamental y muchas veces, exceden el campo de juego. Hoy, en el palo y la bocha, dedicamos un post especial a la hinchada. Ese ente que varía su tamaño dependiendo de las condiciones climáticas. Que si llueve, se reduce a unas pocas personas y que si el día está lindo, parece un batallón humano.
Esa masa de gente que, por cábala, siempre se sienta en el mismo lugar. Que grita los goles tan alto como se pueda, que aplaude las buenas jugadas, que alienta cuando el equipo va perdiendo, y que se frustra y se enoja ante los arbitrajes injustos.
Existe una suerte de mimetismo entre la hinchada y el equipo. El factor común es, sin lugar a dudas, la pasión por los colores. Porque, ¿cuántas veces un hincha estuvo tan metido en el partido que deseó ponerse la camiseta y entrar a jugar? Y, ¿cuántas veces un jugador quiso ver su propio partido desde la tribuna para tener otra perspectiva?
Ante cada jugada, el público responde y se expresa de manera diferente. Porque así como dentro de cada equipo existen las más diversas personalidades, en las hinchadas sucede lo mismo. Está el que siempre lleva el mate, el que saca fotos, el que alienta a todas las jugadoras, el que se enoja, el charlatán que por momentos se olvida de mirar el partido, el que prefiere no ver los córner cortos, el que se la da de DT. Todas las reacciones parecen ser válidas.
Cuando el espectáculo termina, existen varias posibilidades. Irse contento, porque se ganó. Irse con un sabor amargo, porque se perdió. O lo que es peor: irse vacío, porque se empató. De cualquier forma, más allá del resultado, la sensación de haber estado allí no tiene con qué compararse. Y la hinchada, esa multitud que nos acompaña a todos lados, sigue apostando al equipo más que nadie. Siempre son y serán el motor de nuestra motivación, porque no hay nada más lindo que ellos -los que están siempre-, nos vengan a ver.

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